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Entradas

Pinceladas

  De pequeño solía esconderme en la buhardilla de nuestra casa a las afueras de Kiev, aprovisionado de cartulinas blancas y varias témperas. Allí, en mi refugio, repartía pinceladas a discreción sobre el inmaculado lienzo. Recuerdo a mi hermano gritando mi nombre, buscándome por todos los rincones. Y, cuando por fin me encontraba, era para burlarse de mis dotes artísticas. Yo me enfadaba mucho y dejaba de hablarle durante unos días. Cosas de niños. Necesito evocar esos momentos, entre otros, antes de apretar el gatillo. Ocupar mi mente. Pensar en Lyaksandra y sus dulces pechos, en una victoria del Dinamo o en un alto el fuego porque alguien nos avisa del final de la guerra. Pero lo único que escucho son disparos y detonaciones y debo acabar con la vida de ese soldado ruso; con Katya y sus dulces pechos, la victoria del Spartak o un plato de sopa borsch bien caliente con el que, probablemente, ambos soñamos. Cuando cae la noche nieva y el campo de batalla vuelve a ser totalmente...

En mil pedazos

  En la escuela de niños enseñaban matemáticas y el abecedario, en la de niñas nos teníamos que conformar con aprender a bordar con la señorita Julia. Sabía que podía confiar en ella, también en madre, y que a padre y mis hermanos les podríamos engañar con cierta facilidad. Era la pequeña y de salud delicada — madre solía referirse a mí como su niña de cristal — , y nadie sospecharía de mi ausencia si les decíamos que había caído enferma y que me enviarían una temporada con unos parientes que vivían lejos. Días atrás, la señorita Julia había anunciado al párroco que su hermana había fallecido dejando huérfano a su sobrino; que iba a venir a vivir con ella, pues era su única familia, y que necesitaría una plaza en la escuela para él. Madre recuperó del baúl ropa de mis hermanos de cuando tenían mi edad y ya instalada en casa de la señorita Julia, ató mi pelo con un lazo y lo cortó, guardándolo en un pañuelo. Un día nos cruzamos viniendo del mercado y ambas simulamos a la perfecc...

Entrañas

Amelia está nerviosa, aunque espera conseguir el empleo, ¿acaso no es Navidad? Recompone su vestido y llama al timbre. Le ha costado encontrar la casa en las afueras que da cobijo a los niños sin hogar. Una señora, vestida de negro, abre la puerta y la atrae hacia dentro sin mediar palabra. En un suspiro le quita el sombrero y le pone una cofia en su lugar. Hay mucha gente que corre de un lado para otro. ¡No te quedes ahí pasmada, niña!, le grita la señora de negro haciendo aspavientos y empujándola hacia la cocina. Amelia ya ha perdido de vista su maleta y deduce que el empleo es suyo. En la cocina el ritmo es aún mayor, pero en cuanto entran las dos todo se paraliza. Atención, ella es Amelia. N o hay tiempo para enseñarle nada así que dadle lo que pueda ir haciendo, ¿entendido? Amelia se siente confundida, no ha podido mostrar ni sus referencias ni todas las ideas que tiene para crear nuevas recetas. Una joven pelirroja la coge de la mano y se la lleva a su lado. Le explica todo lo...

El chaval de la funda de guitarra

  Son las 7:56, llego puntual con el autobús a la parada del chaval de la funda de guitarra. Sube siempre cargado de libros, y con su funda, que a duras penas mantiene rígida y erguida. Desde que nos pusieron la máquina expendedora de billetes que ya nadie me habla o me mira, a excepción del chaval. Se resiste a dejar de dedicarme un gesto lánguido a modo de saludo, que ambos entendemos como suficiente. Parece muy tímido y tiene cara de llamarse Matías. Me gusta imaginar sus nombres o sus vidas. Dos paradas después, como cada día, sube ella, son las 8:03. Quizás se llame Lucía, y probablemente sean compañeros de Instituto y él haya escrito para ella cientos de canciones. En la misma parada sube un grupo de chavales, son unos gamberros y siempre la increpan. Alguna vez me he atrevido a decirles algo, a recriminarles su actitud, pero después de escuchar un tú, viejo inútil y fracasado, cállate, aprieto con fuerza el embrague y me encojo en mi butaca con amortiguadores. Los gamberro...

Bollera

  Los viernes era el único día de la semana que tenía la tarde libre. Después de merendar y de hacer los deberes, me acercaba a ayudar a Yolanda en su panadería. Estaba justo enfrente de mi casa. Desde mi balcón podía verla. Me encantaba dar el cambio y llenar bolsas con medio quilo de harina, que cogía de un gran saco que tenía guardado en un pequeño cuarto. Yolanda no era muy joven. Tenía la edad de nuestras madres pero sin hijos. Ella siempre agradecía mis visitas y mi ayuda. Jamás me hizo sentir que entorpeciera sus quehaceres. Me encantaba el olor a pan recién hecho. Aún ahora ese olor me transporta a la infancia, al sosiego del fuego lento. Una tarde de viernes mi madre me dijo que no iba a ir más a ayudar a Yolanda. Me enfadé. No lo entendía. Le pregunté si es que ella le había dicho algo malo, ya que yo la consideraba mi amiga. En ese momento mi madre simplemente me dijo que me olvidara para siempre de Yolanda, que la gente hablaba. Cada vez que iba a comprar el pan...