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El chaval de la funda de guitarra

  Son las 7:56, llego puntual con el autobús a la parada del chaval de la funda de guitarra. Sube siempre cargado de libros, y con su funda, que a duras penas mantiene rígida y erguida. Desde que nos pusieron la máquina expendedora de billetes que ya nadie me habla o me mira, a excepción del chaval. Se resiste a dejar de dedicarme un gesto lánguido a modo de saludo, que ambos entendemos como suficiente. Parece muy tímido y tiene cara de llamarse Matías. Me gusta imaginar sus nombres o sus vidas. Dos paradas después, como cada día, sube ella, son las 8:03. Quizás se llame Lucía, y probablemente sean compañeros de Instituto y él haya escrito para ella cientos de canciones. En la misma parada sube un grupo de chavales, son unos gamberros y siempre la increpan. Alguna vez me he atrevido a decirles algo, a recriminarles su actitud, pero después de escuchar un tú, viejo inútil y fracasado, cállate, aprieto con fuerza el embrague y me encojo en mi butaca con amortiguadores. Los gamberros si
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Bollera

  Los viernes era el único día de la semana que tenía la tarde libre. Después de merendar y de hacer los deberes, me acercaba a ayudar a Yolanda en su panadería. Estaba justo enfrente de mi casa. Desde mi balcón podía verla. Me encantaba dar el cambio y llenar bolsas con medio quilo de harina, que cogía de un gran saco que tenía guardado en un pequeño cuarto. Yolanda no era muy joven. Tenía la edad de nuestras madres pero sin hijos. Ella siempre agradecía mis visitas y mi ayuda. Jamás me hizo sentir que entorpeciera sus quehaceres. Me encantaba el olor a pan recién hecho. Aún ahora ese olor me transporta a la infancia, al sosiego del fuego lento. Una tarde de viernes mi madre me dijo que no iba a ir más a ayudar a Yolanda. Me enfadé. No lo entendía. Le pregunté si es que ella le había dicho algo malo, ya que yo la consideraba mi amiga. En ese momento mi madre simplemente me dijo que me olvidara para siempre de Yolanda, que la gente hablaba. Cada vez que iba a comprar el pan me

Una de indios y vaqueros

El calor de principios de septiembre aún me habría permitido disfrutar de la playa hasta el ocaso. Pero el inicio de la escuela marcaba el final del verano; por mucho que el sol se empeñara en seguir calentando y en hacerme dudar entre manga larga o corta y la socorrida chaquetita de entretiempo. Algo tan en desuso, el entretiempo. Finalmente opté por una camiseta negra y unos tejanos. Nadie se atrevía a no llamar Don José a nuestro profesor de matemáticas, siempre tan serio y a la vez honesto; severo, pero también justo. Entró y nos encontró a todos en un total y absoluto silencio, no fue necesario que nadie avisara de su llegada con aquello de callaros que entra. Y nos pusimos en pie. Su familia ocupaba el primer banco y todos los demás llenábamos la enorme sala del tanatorio que en ese instante me pareció, a mis cuarenta años, tan pequeña como el pupitre escolar. Él la hacía diminuta. Seguro que Don José ya nos habría explicado con una de sus fórmulas cómo calcular el número exa

¡A sus órdenes, mi Capitán!

Matías es uno de esos viejos aburridos y solitarios, que se pasa los días haciendo cualquier tarea que requiera atención y dedicación. Como puede ser la construcción de un barco en miniatura dentro de una botella. Su piso es pequeño, pero con muebles grandes que están repletos de marcos con fotografías de una familia feliz: un matrimonio joven con tres niños pequeños y un perro que podría llamarse Toby, es un buen nombre para un perro que fue regalado por los Reyes Magos. Y hablando de ellos, de nuevo es Navidad. Matías ya no la celebra. Principalmente porque sus hijos se fueron todos a Madrid y siempre están muy ocupados para venir; aunque la distancia entre ellos sea prudencial y se pueda recorrer en un mismo fin de semana, si me apuran, en un mismo día. Pero después vino cuando enviudó. Marisa, que así puede llamarse la difunta mujer de Matías, era una mujer muy hogareña que pasaba horas en la cocina con el objetivo de reunir a todos en una misma mesa, aunque solo fuera por unos día

El amigo invisible

  El metro es ese lugar en el que nos escondemos de la superficie. Así es como me siento cada vez que bajo las escaleras que me alejan del frío o la lluvia, para notar el siempre cargado ambiente subterráneo. El jefe no quiso que trabajáramos en casa más de lo estrictamente necesario, y eso nos obligó a ir a la oficina gran parte de la pandemia. Y llegó la Navidad. A Puri se le ocurrió la idea de hacer el amigo invisible. Yo pensé que era una tontería monumental, pero Puri es la sobrina del jefe. Sentado en el banco del andén, esperando la llegada del metro y con el ridículo regalo en la mano, sentí que el ambiente era algo más cargado de lo habitual. Aflojé el nudo de mi corbata, miré a un lado y a otro, y volví a leer el mensaje que acababa de enviarme Puri. Una vez tuve una novia que me dejó por teléfono, cuando aún se debía tener algo de dignidad y valor para llamar a alguien y decirle que todo había terminado. Luego llegaron los mensajes de texto y las emociones se disfrazaron d