Ir al contenido principal

Bollera

 

Los viernes era el único día de la semana que tenía la tarde libre. Después de merendar y de hacer los deberes, me acercaba a ayudar a Yolanda en su panadería. Estaba justo enfrente de mi casa. Desde mi balcón podía verla. Me encantaba dar el cambio y llenar bolsas con medio quilo de harina, que cogía de un gran saco que tenía guardado en un pequeño cuarto. Yolanda no era muy joven. Tenía la edad de nuestras madres pero sin hijos. Ella siempre agradecía mis visitas y mi ayuda. Jamás me hizo sentir que entorpeciera sus quehaceres. Me encantaba el olor a pan recién hecho. Aún ahora ese olor me transporta a la infancia, al sosiego del fuego lento.

Una tarde de viernes mi madre me dijo que no iba a ir más a ayudar a Yolanda. Me enfadé. No lo entendía. Le pregunté si es que ella le había dicho algo malo, ya que yo la consideraba mi amiga. En ese momento mi madre simplemente me dijo que me olvidara para siempre de Yolanda, que la gente hablaba.

Cada vez que iba a comprar el pan me moría de vergüenza. Pero ella siguió tratándome con la misma amabilidad y respeto de siempre. Aunque ambas conocíamos la existencia de cotilleos que sobre ella se vertían por las calles de nuestro barrio.

Bollera.

Yolanda era bollera.

Claro, vendía bollos. Y también pan y harina.

Los sábados empezó a venir una amiga suya a atender la panadería. Era más alta y llevaba el pelo muy corto. Yo iba con mi bolsa de tela y le pedía, por favor, dos barras de medio. Un día me atreví a preguntarle por ella. Me dijo que estaba bien, que ahora estudiaba un curso de puericultura. Asentí sin saber a qué se refería. Quería trabajar con niños pequeños, en otra ciudad más grande y en la que nadie las conociera. Por eso ya no venía a la panadería los sábados, ni tampoco por las mañanas.

Al llegar a casa le pregunté a mi madre qué era un curso de puericultura. Ella tampoco lo sabía. Y me mandó a comprar tomates, que no tenía para el sofrito.

Creo que pasó un año, o algo más, cuando mis amigas me dijeron que la panadería cerraría porque Yolanda se tenía que ir del barrio. Que era tortillera. Pero bueno, ¿no era bollera? Y me dijeron que era lo mismo.

De regreso a casa merendé pan con chocolate en el balcón, con las piernas colgando entre los barrotes. Ver la panadería cerrada me parecía raro, pero aquella tarde solo estaba medio cerrada. Alargué la merienda hasta no dejar ni una migaja de pan por redondear, salivar y tragar. Entonces Yolanda y su amiga salieron de la panadería. Llevaban cajas llenas con algunos objetos. Cerraron con llave y se abrazaron. Yolanda parecía triste. Mis piernas dejaron de balancearse en el vacío y agarré con fuerza los barrotes. Miró hacia mi balcón y me saludó con la mano. Yo le devolví el saludo y sonreí. La vi por última vez, alejándose calle arriba de la mano de su amiga.

Tardé aún un rato en entrar a casa, pero cuando lo hice vi a mi madre sentada en una esquina de su cama. Lloraba. Sostenía en sus manos una foto de dos chicas sonrientes que caminaban de la mano. Eran jóvenes y vivían en un mundo en blanco y negro. Me senté a su lado en silencio. Le ofrecí un pañuelo y lo cogió. Me dijo que no me preocupara, que no era nada. Solo que se había muerto alguien y le había dado mucha pena.

He visto a Yolanda con su amiga.

¿Sí?

Han dejado la panadería y se van del barrio. Creo que también de la ciudad.

Algo había escuchado.

¿Mamá?

Dime.

¿Se han ido por bolleras?

Mi madre me miró muy fijamente, creo que jamás había visto antes esa mirada en sus ojos.

―En esta casa no vamos a decir nunca esa palabra, ¿te parece hija?

¿Ni tortillera?

Tampoco. ¿Quieres ver fotos conmigo? Esta es Clara, mi amiga.

Al día siguiente, en el colegio, el señor director llamó a mi madre. Me había peleado con mis compañeras. Cuando mi madre se sentó frente a él parecía enfadada. Él le explicó los motivos. Unas niñas se habían burlado de Yolanda y la discusión acabó en pelea. Con moratones y alguna  nariz rota. A mi madre le cambió la cara. Se relajó y empezó a reír a carcajadas. El señor director no entendía nada. Le dijo algo así como señora por favor, un poco de respeto. No me extraña que su hija se haya peleado. Ella dejó de reír, se levantó, se dirigió a él y le dijo que bolleras son las que hacen bollos. Me cogió de la mano y salimos de allí. Era viernes y merendamos bollos y zumo. Lo instauramos como una tradición que mantuvimos hasta el día de su muerte.

Seguí con creces sus últimas voluntades. Ahora Clara y ella nadan en el Mediterráneo, esperando que sus cenizas se junten en el fondo del mar, donde nadie las pueda encontrar.

Relato presentado al concurso de Historias de Pioneras, de Zenda Libros junto con Iberdrola.

#HistoriasDePioneras

Porque todas podemos ser pioneras si ayudamos a cambiar las cosas.
 

Comentarios

  1. Qué bonito Beatriz. Me has llevado a la infancia cuando esas palabras no se podían pronunciar y bien grande supe que significaban. Cuántos errores en la educación y cuánto tapar cosas naturales. El día que aprendamos a normalizar la vida, el mundo caminará a pasos agigantados. Mucha suerte guapa es muy buen relato.
    Besicos muchos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Nani, me alegra mucho ver que la historia os ha llegado con el mismo cariño con el que la he escrito. Aún nos queda mucho por cambiar, y efectivamente en la educación está la clave, la de la escuela y la que en casa también enseñamos. Un besazo enorme, y muchas gracias por pasarte por aquí y comentar :-)

      Eliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Entrañas

Amelia está nerviosa, aunque espera conseguir el empleo, ¿acaso no es Navidad? Recompone su vestido y llama al timbre. Le ha costado encontrar la casa en las afueras que da cobijo a los niños sin hogar. Una señora, vestida de negro, abre la puerta y la atrae hacia dentro sin mediar palabra. En un suspiro le quita el sombrero y le pone una cofia en su lugar. Hay mucha gente que corre de un lado para otro. ¡No te quedes ahí pasmada, niña!, le grita la señora de negro haciendo aspavientos y empujándola hacia la cocina. Amelia ya ha perdido de vista su maleta y deduce que el empleo es suyo. En la cocina el ritmo es aún mayor, pero en cuanto entran las dos todo se paraliza. Atención, ella es Amelia. N o hay tiempo para enseñarle nada así que dadle lo que pueda ir haciendo, ¿entendido? Amelia se siente confundida, no ha podido mostrar ni sus referencias ni todas las ideas que tiene para crear nuevas recetas. Una joven pelirroja la coge de la mano y se la lleva a su lado. Le explica todo lo

Dentro del armario

       Cuando aquel agosto decidí limpiar el armario encontré a nuestra hija. Hacía tiempo que no sabíamos nada de ella, un día discutimos y se marchó de casa, o eso creímos. Recuperar la confianza nos iba a llevar un tiempo, por eso la dejamos ahí adentro. Cada mañana poníamos una bandeja en el suelo con comida y bebida. Y si necesitaba algo nos escribía una nota. Ha pasado un tiempo desde aquello y aún sigue ahí. Estas Navidades cenamos todos juntos dentro del armario, aunque hay algo que me preocupa y es que espero no manchar nada con las gambas.  (la imagen es de Google) Microrrelato finalista en la VIII edición de Relatos con Banda Sonora, organizado por la Cadena SER y la Escuela de Escritores.

En mil pedazos

  En la escuela de niños enseñaban matemáticas y el abecedario, en la de niñas nos teníamos que conformar con aprender a bordar con la señorita Julia. Sabía que podía confiar en ella, también en madre, y que a padre y mis hermanos les podríamos engañar con cierta facilidad. Era la pequeña y de salud delicada — madre solía referirse a mí como su niña de cristal — , y nadie sospecharía de mi ausencia si les decíamos que había caído enferma y que me enviarían una temporada con unos parientes que vivían lejos. Días atrás, la señorita Julia había anunciado al párroco que su hermana había fallecido dejando huérfano a su sobrino; que iba a venir a vivir con ella, pues era su única familia, y que necesitaría una plaza en la escuela para él. Madre recuperó del baúl ropa de mis hermanos de cuando tenían mi edad y ya instalada en casa de la señorita Julia, ató mi pelo con un lazo y lo cortó, guardándolo en un pañuelo. Un día nos cruzamos viniendo del mercado y ambas simulamos a la perfección