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Chinchetas en el techo.


Odio los lunes, pero sobre todo, O D I O a mi jefe, así, en alto, con todas sus letras. Este último embarazo le ha sentado fatal, bueno, a decir verdad, a mí también, no contaba con ello, con dos tenía suficiente. Pero es lo que hay, creía que tenía una especie de menopausia precoz (vale, aún soy joven, bueno, para eso sí) y lo que tenía era una falta como una catedral.

A Jaime no sabía cómo contárselo, al final pensé que lo mejor sería hacerlo en un entorno cómodo, relajado, le pedí a mi hermana que se quedara con los niños el sábado a dormir  (quién sabe cuándo podría volver a repetir semejante hazaña). Así que reservé mesa en un restaurante de esos que buscas en Internet como romántico, tranquilo, íntimo… ¿y en qué momento se lo iba a decir? “Oh sí gracias, yo me pediré una ensalada tibia de setas y de segundo un bacalao con base espumosa al pil pil, ah, y de beber  agua…” ¿AGUA? No, mal, no iba a poder tomar agua en una cena romántica, así que pedí vino y con eso de que era tarde, la acidez en el estómago que tengo desde el embarazo del segundo, pues nada, con la excusa quedó la cosa en un poquito de vino, Jaime no sospechó nada. La noche fue perfecta, tanto que me dio miedo estropearla, estaba asustada, fue en ese momento cuando sentí pánico, ¿cómo íbamos a salir adelante con uno más?

A la mañana siguiente nos despertamos como nuevos, ¡cuánto tiempo sin dormir del tirón!, cogimos mi coche y nos fuimos a por los niños. Como era domingo pensamos en ir al Zoo, así que subimos al coche los cuatro. El grande no tardó en empezar a chinchar al pequeño, el pequeño, que ya no lo es tanto, en responder con una patada, de ahí, a los puñetazos, era cuestión de tiempo y llegar a los lloros en 3, 2, 1,… Aunque la pelea, en esta ocasión, resultaba hasta divertida, mi coche es tan viejo que se le ha empezado a descolgar el techo, le roza la cabeza a los niños, y con ese movimiento de brazos a lo banzai, el techo parecía una piscina de olas

-          Estoy pensando que podrías mirarte un nuevo utilitario, tu coche está ya que da pena.

-          ¿Qué? ¡Ah!... bueno… qué lo dices, ¿por el techo?

-          Bueno, el techo, la tapicería, la pintura, los tapacubos,… pero sí, lo del techo es que da un no sé qué…

-          Sí mamá, a mí me molesta.

-          Y a miiiii.

-          Tú calla, ¡enano!

-          ¡Dios! No empecéis de nuevo, no podemos comprarnos un coche nuevo, así que mirad, en casa tengo unas chinchetas, las pondremos en el techo, lo vi en el coche de una amiga.

-          Pero cariño, podemos comprarnos uno nuevo, tenemos unos ahorros.

-          No, no podemos, por lo menos no un utilitario.

-          ¿Por qué? Bueno, pues algo un poco más deportivo, los niños ya no son tan pequeños.

-          Creo que tampoco va a poder ser un deportivo.

-          Estás un poco rara, ¿estás bien? ¿estás con la regla?

-          Pues no, no estoy precisamente con la regla.

Se lo podía haber dicho en ese momento, pero esperé a llegar al Zoo, esperé a estar frente a la jaula de los monos, esperé a ver a una mamá amamantando a su cría, esperé justo a ese momento para contagiarme de ese instinto maternal, porque no sé por qué demonios no lo tengo, no sé por qué todos se pusieron tan contentos, y Jaime ya pensó que hay coches familiares muy chulos y que bueno, el deportivo podía esperar. Y yo le dije que tranquilidad, que vamos a ver primero cómo va todo, que de momento tenemos dos coches y podríamos ir haciendo, y que yo ya tengo una edad.

Y aquí estoy, en el semáforo, volviendo de trabajar, hace calor, es mediodía, debo comer en diez minutos porque los niños salen del cole. Qué largo puede llegar a ser el semáforo cuando tienes prisa. Al mirar por el retrovisor veo el techo con las chinchetas y realmente no queda nada mal. Estoy tan ensimismada en mis problemas que no me había dado cuenta del descapotable de mi derecha, en él va una rubia, más joven que yo, con un vestido de topos que bien me recuerda a Julia Roberts en Pretty Woman, ¿dónde irá a estas horas? Desde luego hace un día precioso para ir en un descapotable y no tiene pinta ni de ir ni de venir de trabajar. Ganas me dieron de teletransportarme, de hacer chas y aparecer en su asiento de copiloto, y mirarla, y decirle, no sé dónde vas pero creo que va a ser más divertido que mi destino, llévame contigo, soy libre. Meeeeeeeec… ya voy, ya voy, qué poca paciencia.

La rubia del descapotable sale disparada, la morena del utilitario, no tanto. Eso sí, el de atrás se traga su meeeec condimentado con mi humo negro, ¿no tenías prisa?

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