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Cuarentena aromatizada


Hueles a flores, no sabría decirte cuál. Pero percibí tu aroma incluso antes de conocerte.

- Tengo un presentimiento –le dije esta mañana a papá. 

No, él no es mi papá, es tu papá. Y hoy, después de comer, noté tu aroma y cómo apretabas.

Estaba tan asustada, tanto. No podía tocar nada, a excepción de mi barriga. Los dolores eran muy fuertes. Tu padre llamó a la abuela (sí, cuando hablemos de cosas serias será tu padre y no papá). Ella lloraba de alegría, mucha, porque ya estabas en camino; de emoción, también; de miedo, ni te cuento, estaba cagada (tú jamás digas palabrotas, ¿entendido?); de nervios, porque ella siempre dice que sus partos fueron complicados y que eso puede ser hereditario. 

A partir de ese momento dejé de llevar el timón, aquí mandabas tú y contabas con una buena tripulación para salir de la tormenta.

¿Sabes? Cuando me enteré de que estaba embarazada empecé a planificarlo todo. Absolutamente todo. Quiénes serían tus padrinos, cuál sería el traje de tu primera puesta, que si eras niña no lo quería todo rosa. También cómo quería que fuera el parto y, cómo no, las visitas al hospital. Había establecido un orden perfectamente estudiado de entrada a la habitación para que nadie se ofendiera, no hubiera opción a discusiones, respetando nuestro descanso, etc. Un algoritmo parecido al que usé para montar las mesas en la boda. No te puedes imaginar lo pesado que llega a ser tío Anselmo y cómo habla tía Rita.

¡Cómo apretabas! Las contracciones eran cada vez  más seguidas.

Nos pusimos los guantes, la mascarilla. Cogimos tu canastilla, la teníamos dentro de una bolsa de plástico perfectamente sellada, y salimos de casa. De camino al hospital nos paró Rafa, el policía que vive en el quinto segunda, ya es casualidad que fuera él. No nos multó, lo nuestro era causa de fuerza mayor. A papá le hizo un gesto que le indicaba que le enviara un Whatsapp para cuando todo terminara. Nos acompañó hasta el hospital con su moto, para asegurarse de que no teníamos ningún contratiempo. En estos días el aparcamiento es gratuito, en urgencias prácticamente no había nadie y todos seguían las estrictas normas de seguridad. Parecía más una operación espacial que un parto, con los trajes, la seriedad,… Papá no me soltaba la mano, bajo los guantes notaba que estaba sudando. Ya había avisado al grupo de la familia que les mantendría informados.

De seguida nos hicieron pasar a la sala de pre-parto.  Había que extremar las precauciones de un posible contagio y papá tuvo que quedarse fuera. Y ahí estábamos solas las dos, tú y yo. En un futuro, cuando tu curiosidad sea mayor que tu estatura y preguntes, no podré explicarte qué cara tenía la doctora o si el comadrón era joven o mayor. Sólo les veía los ojos. Sí podré explicarte en cambio cómo Marta, que así se llamaba la doctora, me dijo que todo iba a salir bien, y sus ojos me lo confirmaban. Cómo Daniel, el comadrón, me explicaba que ese tun tun que se escuchaba eran los latidos de tu corazón, y que estaba perfectamente sano. Sus ojos me sonreían. Podré decirte que no fue un parto fácil, que se complicó, que tú tenías ganas de salir pero tu cordón umbilical se enredó en tu frágil cuello, y acabamos las dos en una sala de quirófano. Te contaré que de nada sirve planificar si quieres escuchar a Vivaldi o Mozart, mientras realizas movimientos circulares sentada en una enorme bola (que en un futuro descubriré que sirve para hacer pilates) porque aquello se convirtió en un parto de urgencias y de peligro. Te contaré que las enfermeras, esas a las que en una situación normal no les hubiera preguntado su nombre, se llamaban Sonia y Pilar, y que ellas evitaron que el puñetero bicho entrara en nuestra habitación 502 de la planta de maternidad. Te contaré también que yo temía estar encerrada en casa en la cuarentena, si existía alguna complicación propia del post-parto. Pero lo que yo no podría ni imaginar es que mi cuarentena estaría dentro de la cuarentena. La que todos nos vimos obligados a vivir por la amenaza del virus. Te contaré que tus abuelos no pudieron conocerte en persona hasta pasado un tiempo, cuando no había peligro ya para nadie, sobre todo para ellos. Que tardarían en descubrir ese aroma tuyo. Pero que tendrían toda la vida para saborearlo cuando la cuarentena de todas las cuarentenas se acabara.

- Lis ya está con nosotros, es preciosa –le dijo papá a Rafa. Prefirió llamarlo en vez de escribirle un mensaje. Quizás recuperemos viejas costumbres ahora que hemos descubierto lo mucho que nos necesitamos los unos a los otros.

- ¿Pero no se iba a llamar Ana? –contestó Rafa.

- Es que huele a flores, no sabes cuánto.


La distancia de seguridad se rompió en el momento en el que te agarraste a mi pecho. Absorbías la vida y, ajena a todo, te convertías en la heroína de tu propia historia.


Relato presentado para el concurso de Zenda ¡Nuestros Héroes!
 #NuestrosHéroes


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