La Rubia nació de un semáforo, bueno no, nació de su madre y de su padre, pero para mí no, porque ella llegó a mi vida montada en un descapotable, vintage, con matrícula de dos letras pero mucho glamour, del de barrio, del que podemos llegar a envidiar, porque el otro está demasiado alto para ser alcanzado (y eso que ahí ando con mi primitiva semanal, que soñar es gratis e intentarlo sólo cuesta 1 euro). Y es que las comparaciones son odiosas, pero inevitables, cuando paras en un semáforo, hace calor, miras de reojo por el retrovisor y recuerdas que tienes tus canas por cubrir, que te resistes a hacerte mechas porque no quieres dejar de ser morena. Y mientras piensas en el tinte de supermercado tono 5 o tono 5.3 (aún y corriendo el riesgo de no cubrirlas) te percatas del coche descapotable que está justo detrás de ti, y de una rubia que va al volante, que aunque también vaya con gafas de sol sabes de sobras que es más joven. Y es que estoy en esa edad en la que cuando vas al médico y...
Todo empezó en un semáforo. No soy rubia, no tengo un descapotable pero hago las croquetas como las de mi madre. Me gusta escribir. Reírnos de nosotros mismos nos mantiene locos en un mundo de cuerdos.